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  • Daniel Roibal

No quiero que internet me diga donde nacen y donde mueren las aguas del Tevere

La sombra y su elogio por Tanizaki, el vacio que enamoró a  Lao Tse, el no tener repuesta para todo abandonándose a cierto grado de fe, o la elusión a las que inducen los grabados de las vistas de Edo, me hacen mucho bien, e invito a que sean experimentadas, así como dejarse llevar por el murmullo de las aguas para encontrar sentido de vida.

En una ocasión, le preguntaron a Jiddu Krishnamurti, que era para él la felicidad.

Él maestro contesto que no lo sabía muy bien, pero que sí sabía que hay tres cosas que le hacen sentir feliz. La primera, escuchar, pues escuchar es legitimar la existencia del otro y de algún modo amarlo.

La segunda, es hablar de lo que uno ha experimentado, pues el mundo es conforme a nuestra interpretación y por ello es intima aunque bueno es compartirla.

Y finalmente la tercera, es conectarse al universo, a la naturaleza, a la sensación de unidad y trascendentalidad de todas las cosas.

Por ello hablo de mi experiencia, y hoy la que me trae a escribir, es la maravillosa y misteriosa sensación que  he compartido con mi hijo cada noche que hemos estado en Roma.

Todas ellas, observamos en silencio, gracia y plenitud, el transcurrir de las aguas del rio Tévere  desde el puente de Sant´Angelo. En otros momentos, las observamos con la luz del sol reflejada en ellas, por la mañana, al atardecer, desde otros de los múltiples puentes que hacen que sus orillas se besen  a distintos ritmos y con distinta intensidad, según la longitud y anchura de cada puente.

Hemos contemplado el transcurrir hipnótico de sus aguas desde el viejo buque que supone la Isola Tiberina y nos hemos permitido cada noche, dejar volar nuestros claros y misteriosos sueños por ese elemento tan purificador que es el agua.

Por ello, porque no quiero saber de donde nacen nuestros sueños, y no quiero saber en qué momento se materializarán, y casi no quiero saber ni como, no quiero  que internet me diga el origen y destino de  las aguas en que los he depositado. Y así como en el lacónico y maravilloso final de la maravillosa película de Paolo Sorrentino, La gran Belleza, me dejo llevar bajo los puentes del Tévere








#soñar

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