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  • Daniel Roibal

El alegre poder de la conversación

Cuantas veces he vuelto paseando a casa sintiendo que he tenido una conversación nutritiva, que de algún modo me ha hecho crecer. Ya sea en afectos, en intelectualidad, en sentido de vida. No sé muy bien cómo, pero sobre mis pasos merodea una sonrisa que se expresa con todo mi ser.




Las conversaciones pueden darse de forma espontanea, y ser sabrosísimas o pueden convertirse en una lata, teniendo en consecuencia un desgaste, una fuga de energía sobre nosotros y quien sabe si sobre los demás. Pero también podemos elegir establecer una enriquecedora conversación atendiendo a una serie de preguntas poderosas que podemos plantearnos, y con la práctica tener en cuenta. Sin convertirnos en robots, pero si en provechosos conversadores, optimizando nuestros esfuerzos. Estimulando establecer y diseñar más de estas joyas.

Quizás queremos provocar una conversación para fortalecer relaciones, para solicitar un trabajo, para explorar sobre las inquietudes de nuestros hijos, o simplemente para disfrutar de lo que aparezca en el contexto.


Una primera pregunta puede ser ¿para qué quiero establecer esa conversación? En lo que depende de mí, que mensajes y para que objetivo quiero conversar

Una segunda, ¿ he propuesto el lugar más adecuado donde llevarla acabo? Cuidar el espacio es imprescindible. No es lo mismo una reunión de amigos. Un encuentro solemne con nuestros padres sobre un asunto peliagudo. O un entrevista para desarrollar un posible proyecto vocacional. A veces el banco de un parque, los escalones de una plaza pueden ser perfectos, y otras no.

La tercera que crea contexto y toma de conciencia es ¿con que emoción me estoy acercando al encuentro? Para lo que pretendo, puedo no acudir con la emoción adecuada. Tal vez me sucedió algo ajeno a las pretensiones conversacionales, que me hizo perder foco, desorientarme, estar de mal humor. Una noticia desagradable me sumió en la irá, y yo pretendía en la conversación manifestar mi tristeza, o simplemente estar en calma.

Le seguiría una cuarta cuestión ¿he apagado mi radio interior, mi automatismo de juzgar, con el fin de establecer una escucha plena? Es muy provechoso y revelador, revisar si estoy plenamente para legitimar el discurso del otro, o he venido a hablar de mi libro. Con lo que más que una conversación se convertiría en una ponencia, en la que simplemente espero mi turno.

Ahora nos toca a nosotros, la quinta cuestión es ¿ me estoy haciendo entender,chequeo que se comprenden los mensajes que quiero compartir? La responsabilidad no es de ellos, no es si me entienden , es si me explico.

La sexta y penúltima es ¿ que he aprendido de esta conversación, que emociones me embargan, que creo haber tenido en cuenta y que me ha faltado?

Y por último como séptima pregunta poderosa y en ocasiones anterior a la sexta ¿ me quiero comprometer a realizar alguna acción, para concertar una siguiente conversación que mejore aún más los objetivos perseguidos? Puede ser un hermoso reto conversar con sentido. No siempre desde la solemnidad, sino desde enriquecer los encuentros por banales que sean.

Y si es alrededor de un buen café, una infusión o un chocolatito mejor¡¡¡



Felices conversaciones




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